Según Bloomberg Línea, las zonas francas en América Latina atraviesan una transformación estructural impulsada por la relocalización de cadenas de suministro globales, conocida como nearshoring, y por la creciente demanda de reducir riesgos logísticos. Este cambio ha llevado a que los enclaves no se limiten a funciones fiscales, sino que se conviertan en motores de creación de valor productivo y pilares estratégicos de la competitividad regional. Un análisis de la consultora EY revela que el sector ya ha superado su etapa inicial de implementación, contando actualmente con más de 800 zonas francas que acogen a cerca de 10.000 empresas. Juntas, estas estructuras generan exportaciones anuales que superan los 60.000 millones de dólares y mantienen más de 3,2 millones de empleos formales, tanto directos como indirectos.
La distribución geográfica muestra una concentración significativa en Centroamérica. En este bloque, 633 zonas francas —el 77% del total— se encuentran en países como República Dominicana, Honduras, Colombia, Costa Rica, Nicaragua y Panamá. Esta concentración se explica por la proximidad física con Estados Unidos y el acceso a acuerdos comerciales que facilitan el intercambio. En contraste, países como Chile, aunque lideran en número de empresas instaladas (más de 2.170), priorizan funciones de bodegaje y distribución, especialmente en localidades como Iquique. Este enfoque distinto refleja cómo los modelos de zonas francas se adaptan a las realidades económicas y geográficas de cada país.
El desarrollo de este sistema tiene una trayectoria histórica bien definida. Uruguay fue el primero en establecer un régimen de zonas francas en América Latina en 1923, seguido por Colombia en 1958 y Chile en 1963. A mediados de la década de 1990, varios países de la región —Guatemala, Costa Rica, Nicaragua, Panamá, Argentina, Paraguay y El Salvador— adoptaron simultáneamente reformas comerciales que impulsaron el crecimiento de estas zonas. Las incorporaciones más recientes, como las de Ecuador en 2010 y Perú en 2021, buscan integrar estas áreas dentro de estrategias nacionales más amplias de desarrollo económico y exportación.
Para el lector peruano, este panorama ofrece una mirada clave sobre el potencial de las zonas francas como instrumentos de generación de empleo, fortalecimiento de la cadena de valor y diversificación de la economía. Aunque el Perú cuenta con 8 zonas francas, su participación en el total regional es moderada. Sin embargo, el crecimiento de este modelo en otros países sugiere que, con una política adecuada, el Perú podría aprovechar su geografía y su capacidad logística para convertir sus zonas francas en nodos clave del comercio internacional. El desarrollo de infraestructura, la estabilidad regulatoria y la coordinación con acuerdos comerciales pueden transformar este activo en un pilar estratégico de crecimiento sostenible.
