Segun Forbes Business, el sistema de salud de Estados Unidos enfrenta una crisis estructural que supera los indicadores económicos para alcanzar niveles de desempeño insuficientes en comparación con otros países desarrollados. Aunque representa casi un 20 por ciento del Producto Interno Bruto nacional, el gasto sanitario continúa aumentando debido a precios excesivos en hospitales, medicamentos y procedimientos, junto con una demanda creciente por parte de una población envejecida y con enfermedades crónicas. A pesar de esta inversión, el rendimiento en indicadores clave como la esperanza de vida, las hospitalizaciones evitables, la mortalidad materna y el manejo de enfermedades crónicas se sitúa por debajo de la media de países con ingresos similares pero con gastos sanitarios significativamente menores. Millones de ciudadanos permanecen sin seguro o con cobertura insuficiente, y muchos que cuentan con pólizas retrasan o descartan tratamientos por el costo. Para las empresas, este escenario implica ausentismo, baja productividad y costos operativos elevados. Para los hogares, conlleva presión financiera y decisiones difíciles entre necesidades básicas y atención médica. Los usuarios y profesionales también reportan una experiencia negativa: acceso limitado, precios no transparentes, facturas inesperadas, registros dispersos y dificultades para navegar redes de pagadores. Los proveedores, por su parte, se ven afectados por una carga administrativa elevada y por la dificultad para recibir pagos que reflejen la calidad del servicio ofrecido.
Este panorama, que en cualquier otro sector sería señal de una oportunidad clara para innovación, se vuelve inusual en el sistema sanitario norteamericano por cinco rasgos fundamentales. Primero, el modelo de pago prioriza la cantidad de servicios ejecutados, no su valor. La mayoría de las entidades reciben dinero por cada visita, prueba o intervención, sin incentivos para prevenir enfermedades o optimizar recursos. Este enfoque beneficia actividades de alta demanda, como cirugías y estudios de imagen, que a menudo generan ingresos rápidos, aunque no siempre sean necesarios. Inversiones que reduzcan el uso de servicios hospitalarios —como modelos de atención primaria avanzada— amenazan con afectar directamente los ingresos de instituciones, incluso cuando mejoran el bienestar general y reducen gastos sistémicos. Esta contradicción entre resultados sociales deseados y modelos económicos establecidos genera resistencia interna y dificulta el cambio estructural.
Para los peruanos, este análisis resalta la importancia de evaluar no solo el costo, sino también la eficiencia y accesibilidad del sistema de salud. Aunque el Perú ha avanzado en cobertura y calidad, aún enfrenta desigualdades regionales, costos elevados para tratamientos especializados y una dependencia del sistema de pagos por servicios. El modelo actual, que prioriza la cantidad de servicios sobre la calidad y prevención, puede replicar los mismos desafíos que en Estados Unidos. Por ello, el país debe considerar reformas que incentiven modelos de atención basados en resultados, que reduzcan costos y que permitan que los ciudadanos accedan a cuidados médicos sin sacrificar su estabilidad económica.
