Según Gestión, un análisis del Observatorio de Lucha contra el Comercio Ilícito de la Sociedad Nacional de Industrias (SNI) y el Instituto de Criminología revela que una gran parte de la ropa usada que llega al Perú atraviesa una red de actividades ilegales. Esta cadena, estructurada en 11 eslabones, 32 actividades y 88 tareas, conecta prendas descartadas en países desarrollados con su distribución en el mercado peruano. Aunque redes sociales promueven la moda sostenible mediante el comercio de prendas de segunda mano, el origen de estas piezas no siempre es ético o transparente.
El mercado textil global ha duplicado su producción en los últimos años, impulsado por el fast fashion. En este contexto, se estima que el 87% de la producción textil mundial termina en vertederos o se incinera. A pesar de ello, parte de esta ropa llega a Chile, uno de los pocos países sudamericanos que permite la importación comercial legal de prendas usadas. Allí, se registran 136.095 toneladas anuales de ropa usada. Sin embargo, solo un 30% de esas prendas encuentra una segunda vida. Un 70% es descartado inmediatamente en el desierto de Atacama, mientras que el resto se redistribuye hacia otros países, incluyendo Perú y Bolivia.
Los fardos ingresan al Perú por diversas rutas fronterizas, no solo por Tacna, sino también por Desaguadero (Puno) y otras vías no reguladas. Una vez en el territorio nacional, las prendas son acopiadas, clasificadas y distribuidas a través de centros logísticos, llegando tanto a mercados físicos como a plataformas digitales. Este proceso, aunque aparentemente informal, opera en un ecosistema donde la legitimidad del comercio se ve socavada por la ausencia de controles oficiales y la falta de trazabilidad.
Para el peruano promedio, esta realidad implica que la opción de comprar ropa usada no es necesariamente una solución ecológica. Muchas de las piezas que se exhiben en ferias o en redes sociales provienen de cadenas que operan fuera de la regulación, con riesgos de corrupción, fraude documental y desechos sin gestión adecuada. Aunque el consumo responsable parece una tendencia creciente, la falta de visibilidad sobre el origen y el camino de estas prendas limita su verdadera sostenibilidad. El consumidor debe preguntarse: ¿de dónde viene esta ropa? ¿Y qué sucedió con las piezas que no se venden?
En un contexto donde el crecimiento económico se mide en cifras, pero la calidad ambiental y social se mide en silencios, la elección de ropa usada debe ir acompañada de conciencia. El lector peruano no solo compra ropa, también participa en una cadena que, si no se supervisa, puede perpetuar prácticas que contradijeron los principios de sostenibilidad.
