Según Gestión, el gobernador regional de Cusco, Werner Salcedo, reveló en la última edición de la Feria Internacional de Infraestructura y Construcción —organizada en el Valle Sagrado de Urubamba— avances clave en la gestión de infraestructura regional, incluyendo el funcionamiento de Machu Picchu. Entre sus principales desafíos, destacan las dificultades para la administración de la venta de boletos al sitio arqueológico. Este proceso ha sufrido dos paralizaciones consecutivas, producto de una postura del Ministerio de Cultura que resiste la coordinación efectiva con otros actores. Aunque hoy se señala una mejora, con la implementación de sistemas de simulación por bots, el gobierno regional mantiene su postura crítica sobre la gestión actual, considerando que Machu Picchu debe estar bajo una autoridad autónoma, no dependiente exclusivamente del Ministerio de Cultura.
El análisis de Salcedo indica que, si se fortalece la infraestructura y se involucra a la comunidad privada en el manejo del turismo, Cusco podría atraer 35.5 millones de visitantes al 2035. Actualmente, el límite de visitantes receptivos se mantiene en 2 millones, con un máximo de 3.5 millones, lo cual representa una brecha significativa frente a países como Chile y Colombia, que duplican esta cifra sin contar con un sitio arqueológico de la misma magnitud. La ausencia de un sistema de gestión eficiente, junto con la falta de respuesta de las autoridades técnicas, ha generado frustración en el sector. A pesar de la urgencia, el modelo actual no permite una escalabilidad adecuada, lo que pone en riesgo el potencial turístico del departamento.
Para el lector peruano, este escenario resalta una realidad crítica: el turismo arqueológico, especialmente en zonas como Cusco, no solo es un motor económico, sino también un pilar de identidad nacional. La gestión actual de Machu Picchu, marcada por burocracia y falta de coordinación, pone en juego la capacidad del país para convertirse en un referente turístico sostenible. Si bien el ingreso de capital privado podría potenciar servicios y reducir las colas, debe hacerse bajo principios de responsabilidad ambiental y social. El modelo actual, que privilegia la administración pública sin mecanismos de participación privada, limita el crecimiento real del sector. El desafío no es solo técnico, sino también político: lograr un consenso entre instituciones que, por intereses distintos, se resisten a un modelo integrado. El futuro de Machu Picchu depende de una reforma estructural que permita una gestión equilibrada, eficiente y centrada en el bienestar del visitante y la conservación del patrimonio.
