Según Gestión, los hogares peruanos han reorganizado significativamente su distribución de gastos entre 2016 y 2025, con un claro desplazamiento hacia necesidades esenciales y una reducción en el consumo no esencial. Este cambio fue documentado por el PAD-Escuela de Dirección de la Universidad de Piura en su Observatorio Comercial 2027, presentado durante el Summit de Plan Comercial. En ese período, el gasto en vivienda, agua, luz y gas aumentó 2.3 puntos porcentuales, alcanzando el 21.1% del presupuesto familiar, frente al 18.8% registrado en 2016. La salud también creció, superando el 1 por ciento, mientras que el transporte se mantuvo en expansión con un incremento de 0.7 puntos porcentuales.
En contraposición, el gasto en alimentos fuera del hogar disminuyó 1.8 puntos porcentuales, pasando del 14.5% al 12.7% del total familiar. Esta contracción refleja una mayor escasez de margen para adquirir productos no esenciales. Asimismo, se redujeron en 0.5 puntos porcentuales los rubros de recreación y cultura, y los de comunicaciones. Vestido y calzado, así como bienes y servicios diversos, perdieron 0.4 puntos porcentuales cada uno.
Estos ajustes en el consumo no ocurren en un vacío. Willard Manrique, especialista en dirección comercial del PAD, señala que, en el primer semestre de 2026, los precios en alojamiento y servicios básicos subieron un 3.89% en Lima Metropolitana, mientras que los de salud aumentaron 0.91%. Aunque estos aumentos indican una presión inflacionaria, no han sido suficientes para que estos rubros adquieran mayor peso en el presupuesto familiar. Su carácter esencial impide que las familias los posterguen, lo que obliga a repartir recursos con mayor rigidez. Cada decisión de compra debe ser evaluada no solo por el costo, sino por la duración del producto y su utilidad real en el día a día.
Para los peruanos, este panorama es una advertencia clara: en un contexto de estabilidad de ingresos limitada, los gastos básicos como vivienda y salud no solo se mantienen como prioridades, sino que también se convierten en puntos de tensión. Las familias deben reevaluar sus hábitos de consumo, priorizando lo esencial y evitando compromisos con servicios que no aportan valor directo. A medida que el costo de la vida crece, el control presupuestario se vuelve más crítico, y la comprensión de cómo se distribuye el dinero en casa puede convertirse en una herramienta de protección frente a la incertidumbre económica.
