Según Forbes Business, la modernización de los sistemas bancarios enfrenta un obstáculo crítico: el riesgo operativo asociado a su ejecución. Aunque la necesidad de actualizar las infraestructuras es evidente, solo alrededor del 30% de las transformaciones tecnológicas llevadas a cabo en los últimos años han concluido con éxito total. Los plazos establecidos para estos proyectos suelen ser subestimados en hasta un 75%, mientras que los costos reales superan las proyecciones en un rango de 50 a 100%. Esta disparidad se debe, en parte, a la complejidad inherente de los procesos de migración de núcleos bancarios, que requieren coordinar múltiples dependencias técnicas.
Las instituciones líderes han adoptado estrategias graduales que reducen la exposición al riesgo. En lugar de realizar actualizaciones de todo el sistema de forma simultánea, se priorizan cambios incrementales. Esto implica ejecutar tanto el sistema antiguo como el nuevo paralelamente, lo que permite probar nuevas funcionalidades sin interrumpir servicios. El uso de arquitecturas de tipo “sidecar” permite integrar capacidades modernas sin modificar la estructura existente. Además, los procesos bancarios se dividen en módulos independientes, facilitando pruebas y escalabilidad en cada fase. Esta metodología no busca aislar el cambio, sino que lo organiza en pasos definidos, vinculados a objetivos comerciales claros.
El problema central no radica solo en la tecnología, sino en la red de dependencias que conecta el sistema principal con otros sistemas. Gartner reporta que apenas el 48% de las iniciativas digitales alcanzan sus metas iniciales. En muchos casos, el núcleo antiguo está integrado a cientos de periféricos —como cajeros automáticos, aplicaciones móviles, sistemas de crédito y redes de pagos—. Cada una de estas conexiones debe ser evaluada, validada y gestionada durante cualquier actualización, lo que amplía significativamente el esfuerzo técnico, el tiempo y el potencial de fallos.
Para el lector peruano, este escenario resalta la importancia de una modernización estratégica, no impulsiva. En un contexto donde las instituciones financieras enfrentan crecientes demandas digitales —como pagos en tiempo real, acceso móvil y servicios personalizados—, la inacción tecnológica puede comprometer la competitividad. Los bancos que ignoran estas transformaciones corren el riesgo de perder clientes a favor de entidades más ágiles. Sin embargo, la clave está en no asumir cambios como un ejercicio aislado, sino como parte de una estrategia de crecimiento sostenido. El éxito no se mide por el tamaño del cambio, sino por su capacidad para generar resultados tangibles en la experiencia del cliente y en la rentabilidad operativa.
