Segun Harvard Business Review, las inversiones en inteligencia artificial no se reducen a una sola métrica de rendimiento, sino que se clasifican en cinco categorías distintas: dos estratégicas para mantener posición competitiva y tres que permiten construir ventajas duraderas. Esta distinción es clave porque, al contrario de lo que se espera, ninguna de estas inversiones puede ser evaluada con el mismo criterio que las inversiones tradicionales en retorno sobre la inversión (ROI). Los datos revelan una realidad compleja: aunque el 88% de las organizaciones utiliza al menos una función de inteligencia artificial, solo el 39% registra impacto tangible en sus beneficios operativos (EBIT), y en ese grupo, el efecto suele ser inferior al 5%. Un análisis de Boston Consulting Group indica que el 60% de las empresas que invierten en IA no generan valor significativo, mientras que solo el 5% logra resultados escalables. Además, un estudio de Deloitte con más de 2.000 ejecutivos muestra que el retorno esperado en un caso típico de IA requiere entre dos y cuatro años, mucho más que los periodos de recuperación habituales para tecnologías, que normalmente se esperan en siete a doce meses.
En el contexto peruano, donde las empresas enfrentan desafíos estructurales como la dependencia de procesos manuales, la falta de infraestructura digital y una brecha en la formación de talentos tecnológicos, esta realidad adquiere especial relevancia. Muchas micro, pequeñas y medianas empresas (MIPYMES) aún no han integrado herramientas digitales avanzadas, lo que las deja fuera de los beneficios que generan las tecnologías de IA. Aunque el potencial de mejorar la eficiencia operativa, predecir demandas o automatizar tareas repetitivas es alto, el camino para aprovecharlo es largo y requiere una visión estratégica, no solo un enfoque de corto plazo. La inversión en IA no debe entenderse como una simple compra de software, sino como un cambio estructural en la forma en que se gestionan los procesos, los datos y las decisiones empresariales.
Para los inversores y gestores peruanos, el mensaje es claro: el valor de la inteligencia artificial no se mide en años de retorno, sino en la transformación sostenida de sus operaciones. No se trata de esperar que las tecnologías "funcionen automáticamente", sino de diseñar modelos de negocio que integren IA como parte de una estrategia más amplia. Esto implica priorizar inversiones en capacidades humanas, datos de calidad y procesos ágiles, no solo en sistemas digitales. En un entorno donde el mercado cambia rápidamente y las expectativas de clientes crecen, una empresa que adopte esta postura tendrá ventaja competitiva real, incluso si los beneficios no se perciben de inmediato. El reto no es alcanzar el ROI tradicional, sino construir un modelo que valore el crecimiento de capacidad, no solo el rendimiento financiero.
