Segun Gestión, la historia de Empresa Yura comienza en 1948, cuando Armando Odiaga llega a Arequipa con apenas conocimientos técnicos y sin recursos financieros significativos. Su formación como agente viajero, especialmente en capacitaciones sobre fragancias y saborizantes, le otorga una base de conocimiento clave que, años después, se convierte en el fundamento de un negocio de alto crecimiento. Este saber fue adquirido durante una época de escasez global, cuando la Segunda Guerra Mundial impulsó el interés por productos químicos y esencias, lo que permitió a Odiaga percibir el potencial del mercado de bebidas gaseosas. Su hijo Fernando, ingeniero químico con estudios en Inglaterra, regresa al Perú en los años 70 con una propuesta: darle un año para salvar la empresa que, en ese momento, enfrentaba quiebras por problemas laborales y la política del gobierno militar.
La puesta en marcha de Yura se basa en una sinergia entre tres elementos clave: una fuente de agua de calidad, un espacio físico de producción y un equipo humano con experiencia técnica. En Yura, el ingeniero Enrique Botassi, especialista en aguas minerales, se convierte en aliado estratégico. A través de su conocimiento, se desarrollan tres líneas de producto: Yura Ferruginosa, Yura Minero Alcalina y Yura de Rivero y Ustáriz. La producción inicial es extremadamente rudimentaria: se trata de una llenadora manual, donde botellas se enlazan una por una, hasta completar 20 cajas diarias. El proceso se desarrolla en una unidad ubicada en la calle Perú, a una cuadra del mercado San Camilo, el referente de desayunos en la ciudad. Desde ese punto, el negocio comienza a consolidarse como una marca local de reconocida presencia.
Para los peruanos, esta evolución representa una historia de resiliencia y adaptación. En un contexto donde muchos emprendimientos se ven afectados por la estabilidad económica o la falta de infraestructura, el caso de Yura demuestra que el éxito puede surgir de una base humilde, impulsada por conocimientos prácticos y una visión clara del mercado. No se trata de un negocio de alta tecnología, sino de una fórmula sencilla: combinar recursos locales con un entendimiento profundo de las necesidades del consumidor. La transición de una papelera a una fortuna de 650 millones de dólares no es un caso aislado, sino un ejemplo de cómo los conocimientos acumulados, la capacidad de innovar en condiciones limitadas y la conexión con el entorno local pueden generar un crecimiento sostenido. En un país donde las empresas familiares siguen siendo pilares del desarrollo económico, la historia de Yura sirve como lección de que el valor no siempre está en lo grande, sino en lo que se construye día a día con esfuerzo y visión.
