Según Forbes Business, el concepto de "inflación" ha sido redefinido en décadas recientes, pasando de ser un indicador de contracción monetaria a una medida de crecimiento excesivo. Este cambio de significado no es solo conceptual, sino que refleja una transformación en la forma en que se analizan las políticas económicas. En el contexto de Estados Unidos, el aumento del gasto estatal durante 2021 y 2022 alcanzó niveles de casi dos trillones de dólares, una cifra que superó los niveles de estimulación previos. Esta medida, inicialmente justificada como compensación por las restricciones de movilidad impuestas en 2020, se convirtió en un punto de inflexión en el debate sobre el papel del estado en la economía.
La crítica central se centra en la creencia de que el gasto público puede generar una multiplicación de efectos económicos, un principio que subyace a la teoría keynesiana. Según este enfoque, cada dólar invertido por el gobierno podría desencadenar un flujo de gastos mayores en el sector privado. Sin embargo, este modelo ignora una realidad fundamental: el gasto estatal no genera producción, pues el gobierno no produce bienes o servicios que puedan ser ofrecidos al mercado. En contraste, el principio de la ley de Say postula que toda demanda surge de una actividad productiva previa. Dado que el Estado no produce, su consumo no puede generar un aumento de demanda real en el mercado.
Esta distinción fue claramente defendida por figuras conservadoras como Robert Bartley y George Melloan, editor y asistente del diario Wall Street Journal. Su análisis enfatizaba que, sin producción real, el gasto estatal no puede estimular el crecimiento económico de forma sostenible. La inflación, en este marco, no es simplemente un fenómeno de precios, sino una señal de que el gasto excesivo está desplazando recursos que deberían destinarse a inversiones productivas. El resultado es una presión sobre los precios, sin un aumento real de bienes y servicios disponibles.
Para los lectores peruanos, este contexto ofrece una reflexión clave. En un escenario de alta demanda y crecimiento de precios, como el que enfrenta el mercado peruano en los últimos años, es esencial evaluar si los gastos públicos están generando realidades productivas o simplemente aumentan el costo de vida. Mientras el gobierno promueve inversiones en infraestructura o servicios, el impacto real debe medirse no solo en términos de empleo, sino también en la capacidad de producción. Si el gasto no está acompañado por una expansión real de la oferta, entonces el riesgo de inflación persiste, como en el caso de los precios de alimentos o servicios básicos. Por eso, una política económica equilibrada debe priorizar la producción, no solo la demanda, para garantizar estabilidad y crecimiento sostenido.
