Segun Forbes Business, el poder global ya no se mide solo por el control de petróleo, rutas comerciales o fuerzas militares. Una transformación sutil, pero profunda, está redefiniendo el mapa económico: los fondos de capital soberano, históricamente creados para gestionar ingresos de recursos naturales, ahora actúan como diseñadores de infraestructuras a largo plazo. Este cambio gira en torno a una idea central: la evolución de la inteligencia artificial y el futuro de la energía se entrelazan en un mismo eje tecnológico. Los sistemas que sostienen el avance de inteligencia artificial —centros de datos, redes eléctricas de alta tensión, semiconductores avanzados y suministro eléctrico continuo— también son esenciales para lograr una transición energética limpia y garantizar la seguridad energética de los países. Dos debates políticos que hasta ahora se desarrollaban de forma separada ahora se integran en una sola exigencia de inversión. Para Mubadala Investment Company, de Abu Dabi, esta convergencia no es una hipótesis, sino una estrategia operativa. El director ejecutivo desde 2002, Khaldoon Khalifa Al Mubarak, ha definido el propósito del fondo más allá de la gestión de activos. En su visión, estos instrumentos no solo conservan valor, sino que construyen plataformas que moldearán el funcionamiento de las economías a lo largo de décadas. Originalmente, estos fondos se enfocaban en invertir rentas de recursos naturales en activos globales como inmobiliario, infraestructura, acciones públicas y fondos privados. Sin embargo, el entorno actual es radicalmente distinto. Las redes energéticas se reestructuran mientras los sistemas digitales crecen a un ritmo acelerado. La demanda de electricidad aumenta no solo por crecimiento poblacional e industrial, sino también por el consumo de computación impulsado por la inteligencia artificial. Paralelamente, en múltiples mercados, la energía renovable se ha vuelto más económica y rápida de implementar que la mayoría de las infraestructuras fósiles. Así, el capital no busca solo rentabilidad, sino también sostenibilidad y capacidad de respuesta a futuros desafíos tecnológicos.
Para los inversores peruanos, esta tendencia es particularmente relevante. Aunque el país aún depende en parte de fuentes energéticas tradicionales, la creciente demanda de computación en sectores como la salud, la educación y el comercio electrónico exige una infraestructura eléctrica robusta y digitalizada. Las decisiones de inversión en centros de datos o redes de energía deben considerar no solo el costo, sino también su capacidad para adaptarse a avances tecnológicos. El caso de Mubadala demuestra que los fondos soberanos no solo protegen patrimonio, sino que posicionan a sus países como actores clave en el diseño del futuro económico. En un contexto donde la inteligencia artificial y la transición energética se entrelazan, Perú debe evaluar con rigor sus capacidades tecnológicas y su capacidad de integrar innovaciones que permitan crecer sin sacrificar la sostenibilidad ambiental. La inversión en infraestructura digital y energética no es una opción, sino una necesidad para mantener competitividad a largo plazo.
