Según Forbes Business, el Departamento del Tesoro anunció el 19 de agosto que ampliará al menos al doble el volumen de sus compras de bonos gubernamentales de largo plazo, pasando de 2 mil millones de dólares a al menos 4 mil millones. Las operaciones, que abarcan desde el 9 de septiembre hasta el 4 de noviembre, se enfocan en títulos con vencimientos entre 10 y 30 años. Este movimiento ha generado inquietud en el mercado, ya que el rendimiento del bono de 30 años alcanzó el 5,31 por ciento el 17 de agosto —nivel no visto desde 2007— y cayó hasta el 5,19 por ciento el día del anuncio del secretario del Tesoro, Scott Bessent. La atención ha sido predominantemente política, especialmente por la postura del secretario frente a las tasas de interés a largo plazo, que podría afectar al nuevo presidente del Banco Central, Kevin Warsh, quien dará su primera declaración en el foro de Jackson Hole entre el 27 y el 29 de agosto. Sin embargo, el debate central que ha sido ignorado por la mayoría de los medios gira en torno a la fuente de financiamiento de estas operaciones.
El Banco Central puede ampliar el dinero que circula en el sistema mediante operaciones de política monetaria, como la expansión cuantitativa. En este caso, al comprar bonos del gobierno, el Fed crea reservas bancarias que los bancos mantienen en su cuenta en el banco central. Este proceso no implica imprimir dinero en el sentido tradicional, pero sí aumenta la base monetaria, que es la suma de billetes en circulación y reservas bancarias. El aumento en las reservas se produce de forma directa y simultánea con el aumento en los activos del banco central. Pero el Tesoro no posee esta capacidad de creación instantánea. Su gasto se realiza a través de la cuenta general del Tesoro, que se encuentra en la oficina del Banco Central. Cada dólar en esa cuenta proviene de impuestos o de préstamos emitidos. Por lo tanto, cuando el Tesoro compra un bono, está utilizando fondos reales que ya han sido generados por el sistema fiscal o por deuda pública, sin poder crear nuevos dólares fuera de esa estructura.
Para el lector peruano, este mecanismo revela una diferencia clave entre la política monetaria y la financiación gubernamental. Mientras que el Banco Central puede ampliar la oferta de dinero sin necesidad de nuevos ingresos, el Estado peruano, al igual que otros gobiernos, debe contar con ingresos fiscales o deuda existente para financiar sus operaciones. Si el gobierno aumenta su compra de bonos sin una base de ingresos suficiente, podría generar una presión sobre el déficit público o sobre el crecimiento de la deuda. En un contexto de inflación o crecimiento económico moderado, este tipo de movimientos puede ser una herramienta para estabilizar tasas de interés, pero requiere una gestión cuidadosa para no generar dependencia financiera sostenida. El caso del Tesoro estadounidense ilumina que, aunque los instrumentos de política fiscal y monetaria pueden interactuar, su financiamiento sigue siendo un tema crítico para la sostenibilidad de cualquier economía.
