Segun Gestión, el Perú enfrenta una dualidad climática en su territorio: el norte sufre intensas lluvias, mientras que el sur se ve afectado por sequías prolongadas. En el centro del país, donde se concentra parte crítica de la producción alimentaria, las condiciones climáticas han generado una incertidumbre profunda. Este escenario, que impacta directamente a los productores de alimentos que abastecen a millones de familias, ha sido analizado por la Federación de Cámaras de Comercio del Centro (Fedecam Centro). Según sus datos, la campaña agrícola en la sierra central se definirá en noviembre y diciembre, dependiendo del comportamiento de las precipitaciones durante los meses de invierno. Si no se registra lluvia, el sembrado no germinará; si, por el contrario, se produce una lluvia excesiva entre febrero y abril, los huaicos arruinarán la cosecha. Ambos escenarios representan un impacto tangible en las mesas familiares.
La canasta básica de alimentos peruanos —compuesta por papa, maíz, habas y olluco— se produce principalmente en zonas de secano, donde la producción depende exclusivamente de las precipitaciones naturales. Este ciclo agrícola comienza actualmente con la preparación del terreno y la siembra, esperando lluvias entre octubre y enero para cosechar entre febrero y abril. Sin embargo, el invierno que se vivió en mayo, junio y actualmente, fue sin frío ni precipitaciones, con temperaturas altas y escasa humedad. El terreno se encuentra extremadamente seco, lo que pone en riesgo la viabilidad de la siembra. En el valle de Chupaca y Concepción, aunque existe agua constante para cultivos de verduras y maíz, la amenaza principal es el surgimiento de heladas fuera de temporada que destruyen plantones jóvenes. Así, el futuro del sector agrícola en el centro del país se mantiene en una especie de espera, sin señales claras de estabilidad climática.
Para el lector peruano, este panorama revela una vulnerabilidad estructural en la cadena alimentaria. La dependencia de condiciones climáticas impredecibles pone en riesgo la seguridad alimentaria de comunidades que dependen de productos locales. A pesar de que los efectos del El Niño no se detienen en una sola región, el centro del país, con su producción básica y su capacidad logística, podría convertirse en un eje de resiliencia. Si el gobierno y los actores privados actúan con estrategias de mitigación —como el fortalecimiento de sistemas de riego o la diversificación de cultivos—, podría surgir un nuevo impulso económico en el sector agropecuario. Este crecimiento no solo protegería a las familias, sino que también podría atraer inversiones extranjeras, especialmente de Estados Unidos, que han mostrado interés en mercados con alta demanda de alimentos sostenibles. El clima, por tanto, no solo afecta el campo, sino que también influye en la economía nacional y en la capacidad de atraer capitales extranjeros.
