Según Wharton Knowledge, un estudio realizado en el año 2013 por la profesora Corinne Low y sus colegas evaluó el efecto de una clase de habilidades de negociación para chicas de octavo grado en zonas de bajos ingresos de Lusaka, la capital de Zambia. Decadas después, los resultados revelan transformaciones significativas: las participantes se mantuvieron más tiempo en el sistema educativo, pospusieron el inicio de relaciones sexuales y el matrimonio, eligieron pareja de edades más cercanas y adoptaron actitudes más equitativas sobre el rol de género. Cada joven obtuvo aproximadamente 0.23 años adicionales de formación escolar, un incremento que, según estudios de Ghana, genera un retorno económico de 6.60 dólares por cada dólar invertido. Este valor se calcula basado en la conexión entre educación y desempeño en la vida adulta, no en ingresos directos, que aún no han sido medidos.
La intervención, compuesta por seis sesiones, no se centró en fortalecer habilidades técnicas, sino en dotar a las jóvenes de una capacidad de toma de decisiones. Low destacó que muchas iniciativas tradicionales de empoderamiento asumen que las niñas tienen ya un control sobre su futuro, cuando en realidad muchas no poseen ese poder. En contextos donde las relaciones familiares y sociales ejercen una influencia fuerte, las chicas pueden abandonar sus estudios no por falta de recursos, sino por presiones sociales, como el matrimonio temprano o la concepción. Este hallazgo desafía el paradigma de que la escasez de dinero es la única barrera para la educación.
Para los lectores peruanos, este caso ofrece una reflexión clave: la educación no solo se mide en años aprobados, sino en el poder que genera en las personas para definir sus vidas. En contextos como el nuestro, donde muchas niñas enfrentan presiones familiares o culturales que las llevan a abandonar sus estudios, una intervención que les otorgue herramientas para hablar, negociar y tomar decisiones autónomas puede ser más eficaz que cualquier subsidio económico. Los datos sugieren que cada inversión en habilidades de toma de decisiones —incluso en niveles educativos tempranos— puede generar un retorno económico sostenido, no solo para el sistema, sino para las familias y comunidades. En un país donde el acceso a la educación sigue siendo un desafío, especialmente para mujeres jóvenes, esta estrategia representa una alternativa viable, accesible y de alto impacto social.
