Según Forbes Business, el famoso suelo rojo de los campos de Roland Garros no proviene de tierra de barro, sino de una estructura compuesta por cinco capas bien definidas. Desde su creación en 1928, estos campos han mantenido una fórmula constante, con 18 pistas que comparten la misma configuración. La base incluye una capa de piedra, seguida de un metro aproximado de grava, que garantiza una buena drenaje. A continuación, se coloca una capa de clinker, de unos tres centímetros, un residuo de carbón o volcánico, que mantiene la humedad y evita que las capas superiores se rompan. La cuarta capa, de 2,5 centímetros de piedra caliza triturada, proporciona estabilidad al jugador. Sobre esta, se aplica una fina capa de más de medio centímetro de ladrillo rojizo, que no solo ralentiza el movimiento del balón sino que también da color al suelo.
La elaboración de cada capa requiere precisión técnica. Durante cada temporada, los equipos realizan trabajos específicos en las dos capas superiores. Cada año, se reemplaza la capa de piedra blanca y se transportan 88.000 libras de ladrillos triturados, solo en condiciones de clima seco. Este proceso es crítico para mantener la cohesión del suelo y evitar que se desgaste. El mantenimiento diario incluye arrastrar, escobear, fregar y regar con agua ligera, mientras que al final del día, cada campo recibe una regada profunda. Este cuidado constante asegura que el color y la textura se conserven durante todo el torneo.
Para el lector peruano, este caso ilustra la importancia de la calidad y la constancia en la gestión de infraestructuras. Aunque los campos de Roland Garros son de alto nivel técnico, su mantenimiento se basa en procesos sencillos pero repetitivos, que requieren disciplina y conocimiento técnico. En el contexto local, muchos espacios públicos, como parques o instalaciones deportivas, podrían beneficiarse de una atención similar: no se trata de soluciones innovadoras, sino de procesos rigurosos que, si se aplican con constancia, generan resultados duraderos. El ejemplo de Roland Garros demuestra que el éxito no depende del tamaño de la inversión, sino de la precisión en cada detalle, una lección útil para cualquier proyecto de infraestructura que busque durabilidad y rendimiento.
